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XXVII. Diario de Mina Harker

algún modo por la causa de la extraordinaria desaparición del muerto, dieron media vuelta sin decir una palabra y se alejaron al galope como si les fuera la vida en ello. Los que iban a pie saltaron al carro de escalera y gritaron a los jinetes que no los abandonaran. Los lobos, que se habían retirado a una distancia prudencial, siguieron su estela, dejándonos solos. El Sr. Morris, que se había desplomado en el suelo, se apoyó sobre un codo, manteniendo la mano presionada contra el costado; la sangre aún brotaba a chorros entre sus dedos. Fui volando hacia él, pues el círculo sagrado ya no me retenía; lo mismo hicieron los dos médicos. Jonathan se arrodilló detrás de él y el herido apoyó la cabeza en su hombro. Con un suspiro, con un débil esfuerzo, tomó mi mano con la suya, que estaba manchada. Debió de ver la angustia de mi corazón en mi rostro, pues me sonrió y dijo:⁠— —¡Soy demasiado feliz por haber sido de alguna utilidad! ¡Oh, Dios! —exclamó de repente, incorporándose con esfuerzo hasta una postura sentada y señalándome—: ¡Morir valió la pena por esto! ¡Mire! ¡Mire! El sol estaba ya justo sobre la cumbre del monte, y los destellos rojos cayeron sobre mi rostro, de modo que quedó bañado en una luz rosada. Con un solo impulso, los hombres cayeron de hinojos y un profundo y ferviente «Amén» brotó de todos mientras sus ojos seguían la dirección de su dedo. El moribundo habló:⁠— —¡Doy gracias a Dios ahora porque todo no ha sido en vano! ¡Mire! ¡La nieve no es más blanca que su frente! ¡La maldición ha desaparecido! Y, con amargo dolor, con una sonrisa y en silencio, murió, un galante

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