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XXVII. Diario de Mina Harker

donde alcanzábamos a ver a través de la nevada, no había ni el menor signo de habitabilidad. Cuando habíamos recorrido cerca de una milla, me cansé de caminar con tanto peso y me senté a descansar. Entonces miramos atrás y vimos dónde la nítida silueta del castillo de Drácula cortaba el cielo; pues estábamos tan hundidos bajo el monte sobre el que se alzaba que el ángulo de perspectiva de los montes Cárpatos quedaba muy por debajo de él. Lo vimos en todo su esplendor, encaramado a mil pies en la cima de un precipicio vertical, y con lo que parecía ser un gran abismo entre este y el empinado monte adyacente por cualquier lado. Había algo salvaje y misterioso en aquel lugar. Podíamos oír el aullido lejano de los lobos. Estaban muy lejos, pero el sonido, aun llegando amortiguado por la apagadora nevada, estaba lleno de terror. Por la forma en que el Dr. Van Helsing andaba escudriñando por los alrededores, supe que trataba de buscar algún punto estratégico donde estuviéramos menos expuestos en caso de ataque. El áspero camino seguía descendiendo; podíamos rastrearlo a través de la nieve acumulada. Al poco rato el Profesor me hizo señales, así que me levanté y me reuní con él. Había encontrado un lugar maravilloso, una especie de oquedad natural en una roca, con una entrada a modo de puerta entre dos peñascos. Me tomó de la mano y me arrastró hacia adentro: —¡Mira! —dijo—, aquí estarás a resguardo; y si los lobos vienen, podré hacerles frente uno a uno. Trajo nuestras pieles, me hizo un nido acogedor, sacó algunas provisiones y me instó a comer. Pero no pude comer; hasta el más mínimo intento me resultaba repulsivo y, por mucho que me hubiera gustado complacerle, no pude obligarme a intentarlo. Él parecía muy triste, pero no me reprochó nada. Sacando

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