reflejaba el sol ya ido sobre la nieve, y todo estuvo por un tiempo en un gran crepúsculo— saqué a los caballos y los alimenté en el mejor resguardo que pude. Luego hice una fuego; y cerca de él hice que la señora Mina, ahora despierta y más encantadora que nunca, se sentara cómodamente entre sus mantas. Preparé comida; pero ella no quiso comer, limitándose a decir que no tenía hambre. No insistí, conociendo su inutilidad. Pero yo sí comí, pues ahora necesitaba estar fuerte para todo. Entonces, con el miedo dentro de mí de lo que pudiera suceder, tracé un círculo lo suficientemente grande para su comodidad, alrededor de donde estaba sentada la señora Mina; y sobre el círculo pasé algo de la hostia, y la desmenuzé finamente para que todo quedara bien protegido. Ella permaneció sentada todo el tiempo—tan inmóvil como una muerta; y se fue poniendo más y más blanca hasta que la nieve no era más pálida; y no pronunció ninguna palabra. Pero cuando me acerqué, se aferró a mí, y pude notar que la pobre alma se estremecía de la cabeza a los pies con un temblor que era doloroso de sentir. Le dije al poco rato, cuando se hubo calmado más:— «¿No vendrás junto al fuego?», pues deseaba poner a prueba lo que ella podía hacer. Se levantó obediente, pero cuando hubo dado un paso se detuvo y se quedó como fulminada. «¿Por qué no sigues?», pregunté. Ella sacudió la cabeza y, volviendo atrás, se sentó en su lugar. Entonces, mirándome con los ojos abiertos, como alguien despertado del sueño, dijo simplemente:— «¡No puedo!», y permaneció en silencio. Me regocijé, pues sabía que lo que ella no podía, ninguno de aquellos a quienes temíamos podía hacerlo. ¡Aunque pudiera haber peligro para su cuerpo, su alma estaba a salvo! Al poco rato los caballos empezaron a relinchar y tiraron de sus ataduras hasta que me acerqué a ellos y los tranquilicé. Cuando sintieron mis manos sobre ellos, relincharon quedamente como de alegría, lamieron mis manos y se calmaron por un tiempo. Muchas veces durante la noche acudí a ellos, hasta que llegó la hora fría en que toda la naturaleza está en su punto más bajo; y cada vez mi llegada los calmaba. En la hora fría el fuego comenzó a apagarse, y estaba a punto de dar un paso al frente para reponerlo, pues ahora
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XXVII. Diario de Mina Harker
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