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XXVII. Diario de Mina Harker

El sol se eleva, y se eleva, y se eleva; y entonces el sueño la alcanza demasiado tarde, pero tan pesado que no quiere despertar. Tengo que levantarla y colocarla dormida en el carruaje una vez que he uncido a los caballos y lo he dejado todo listo. La señora sigue durmiendo, y en su sueño se ve más sana y más sonrosada que antes. Y no me gusta. ¡Y tengo miedo, miedo, miedo!⁠—Tengo miedo de todas las cosas⁠—incluso de pensar, pero debo seguir mi camino. La apuesta en nuestro juego es la vida o la muerte, o algo más que eso, y no debemos acobardarnos. 5 de noviembre, por la mañana. ⁠—Permítanme ser exacto en todo, pues aunque usted y yo hemos visto algunas cosas extrañas juntos, al principio puede pensar que yo, Van Helsing, estoy loco⁠—que los muchos horrores y la tensión tan prolongada de los nervios han terminado por trastornar mi cerebro. Todo el día de ayer viajamos, acercándonos cada vez más a las montañas y adentrándonos en una tierra cada vez más agreste y desierta. Hay grandes y ceñudos precipicios y mucha agua que cae, y la naturaleza parece haber celebrado en algún momento su carnaval. La señora Mina sigue durmiendo y durmiendo; y aunque sentí hambre y la calmé, no pude despertarla⁠—ni siquiera para comer. Empecé a temer que el fatídico hechizo del lugar se hubiera apoderado de ella, manchada como está con ese bautismo vampírico. «Bien», me dije a mí mismo, «si resulta que ella duerme todo el día, también sucederá que yo no duerma por la noche». Mientras avanzábamos por el camino escarpado, pues había un camino de tipo antiguo e imperfecto, incliné la cabeza y dormí. De nuevo desperté con una sensación de culpa y de tiempo transcurrido, y encontré a la señora Mina todavía durmiendo, y el sol bajo. Pero todo había cambiado en verdad; las ceñudas montañas parecían más lejanas, y estábamos cerca de la cima de una colina de empinada ascensión, en cuya cumbre había un castillo como el que Jonathan relata en su diario. Al instante me regocijé y temí; pues ahora, para bien o para mal, el fin estaba cerca. Desperté a la señora Mina e intenté de nuevo hipnotizarla; pero ¡ay!, fue inútil hasta demasiado tarde. Entonces, antes de que nos cayera encima la gran oscuridad⁠—pues incluso después de la puesta del sol el cielo

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