El sol se eleva, y se eleva, y se eleva; y entonces el sueño la alcanza demasiado tarde, pero tan pesado que no quiere despertar. Tengo que levantarla y colocarla dormida en el carruaje una vez que he uncido a los caballos y lo he dejado todo listo. La señora sigue durmiendo, y en su sueño se ve más sana y más sonrosada que antes. Y no me gusta. ¡Y tengo miedo, miedo, miedo!—Tengo miedo de todas las cosas—incluso de pensar, pero debo seguir mi camino. La apuesta en nuestro juego es la vida o la muerte, o algo más que eso, y no debemos acobardarnos. 5 de noviembre, por la mañana. —Permítanme ser exacto en todo, pues aunque usted y yo hemos visto algunas cosas extrañas juntos, al principio puede pensar que yo, Van Helsing, estoy loco—que los muchos horrores y la tensión tan prolongada de los nervios han terminado por trastornar mi cerebro. Todo el día de ayer viajamos, acercándonos cada vez más a las montañas y adentrándonos en una tierra cada vez más agreste y desierta. Hay grandes y ceñudos precipicios y mucha agua que cae, y la naturaleza parece haber celebrado en algún momento su carnaval. La señora Mina sigue durmiendo y durmiendo; y aunque sentí hambre y la calmé, no pude despertarla—ni siquiera para comer. Empecé a temer que el fatídico hechizo del lugar se hubiera apoderado de ella, manchada como está con ese bautismo vampírico. «Bien», me dije a mí mismo, «si resulta que ella duerme todo el día, también sucederá que yo no duerma por la noche». Mientras avanzábamos por el camino escarpado, pues había un camino de tipo antiguo e imperfecto, incliné la cabeza y dormí. De nuevo desperté con una sensación de culpa y de tiempo transcurrido, y encontré a la señora Mina todavía durmiendo, y el sol bajo. Pero todo había cambiado en verdad; las ceñudas montañas parecían más lejanas, y estábamos cerca de la cima de una colina de empinada ascensión, en cuya cumbre había un castillo como el que Jonathan relata en su diario. Al instante me regocijé y temí; pues ahora, para bien o para mal, el fin estaba cerca. Desperté a la señora Mina e intenté de nuevo hipnotizarla; pero ¡ay!, fue inútil hasta demasiado tarde. Entonces, antes de que nos cayera encima la gran oscuridad—pues incluso después de la puesta del sol el cielo
Table of Contents
XXVII. Diario de Mina Harker
540