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XXVII. Diario de Mina Harker

pues de repente siento culpa, como si hubiera hecho algo; me encuentro sentado de un salto, con las riendas en la mano, y los buenos caballos siguen a trote, trote, como siempre. Miro hacia abajo y encuentro a la señora Mina todavía durmiendo. Ya no falta mucho para la puesta del sol, y sobre la nieve la luz del sol fluye en una gran crecida amarilla, de modo que proyectamos grandes y largas sombras allí donde la montaña se eleva tan abrupta. Pues vamos subiendo, y subiendo; y todo es ¡oh!, tan agreste y rocoso, como si fuera el fin del mundo. Entonces despierto a la señora Mina. Esta vez se despierta sin mucha dificultad, y luego intento inducirle el sueño hipnótico. Pero ella no duerme, comportándose como si yo no estuviera. Aun así, lo intento una y otra vez, hasta que de repente nos hallamos, ella y yo, en la oscuridad; así que miro a mi alrededor y descubro que el sol se ha puesto. La señora Mina se ríe, y yo me vuelvo y la miro. Está ya completamente despierta, y se ve tan bien como nunca la había visto desde aquella noche en Carfax cuando entramos por primera vez en la casa del Conde. Estoy asombrado, y entonces no estoy tranquilo; pero ella es tan brillante, tierna y considerada conmigo que olvido todo temor. Enciendo una fuego, pues hemos traído provisión de leña con nosotros, y ella prepara la comida mientras yo desengancho a los caballos y los dejo, atados al resguardo, para que coman. Luego, cuando regreso junto al fuego, ella tiene lista mi cena. Voy a ayudarla; pero ella sonríe y me dice que ya ha comido, que tenía tanta hambre que no ha querido esperar. No me gusta, y tengo graves dudas; pero temo aterrorizarla, y por eso guardo silencio al respecto. Ella me ayuda y yo como solo; y luego nos envolvemos en pieles y nos tumbamos junto al fuego, y le digo que duerma mientras yo vigilo. Pero al poco tiempo me olvido de toda vigilancia; y cuando de pronto recuerdo que estoy vigilando, la encuentro tumbada tranquila, pero despierta, y mirándome con unos ojos muy brillantes. Una, dos veces más ocurre lo mismo, y consigo dormir bastante antes de la mañana. Cuando despierto intento hipnotizarla; pero, ¡ay!, aunque cierra los ojos obediente, no puede dormir.

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