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nydus/The Age of InnocencePublic
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X

Estaba desanimado y un tanto de mal humor, y un terror obsesivo a hacer lo mismo todos los días a la misma hora le asediaba el cerebro.

«¡Uniformidad⁠, uniformidad!», murmuró, con la palabra rondándole la cabeza como una melodía persecutoria al ver las conocidas siluetas de sombreros de copa descansando perezosamente tras los grandes cristales; y como a esa hora solía pasarse por el club, en su lugar se había ido a casa. No solo sabía de qué probablemente estarían hablando, sino también el papel que cada uno desempeñaría en la discusión. El duque sería, por supuesto, su tema principal; aunque la aparición en la Quinta Avenida de una dama de cabellos dorados en un pequeño carruaje cerrado color canario tirado por un par de jamgos negros (de lo que generalmente se consideraba responsable a Beaufort) también sería, sin duda, analizada a fondo. Tales «mujeres» (como se las llamaba) eran pocas en Nueva York, las que conducían sus propios carruajes aún menos, y la aparición de la señorita Fanny Ring en la Quinta Avenida a la hora elegante había sacudido profundamente a la alta sociedad. Apenas el día anterior, su carruaje se había cruzado con el de la señora Lovell Mingott, y esta última había tocado al instante la campanilla a su lado y le había ordenado al cochero que la llevara a casa. «¿Y si le hubiera pasado a la señora van der Luyden?», se preguntaban unos a otros con un estremecimiento. Archer podía oír a Lawrence Lefferts, a esa misma hora, disertando sobre la desintegración de la sociedad.

Él levantó la cabeza con irritación cuando entró su hermana Janey, y luego se inclinó rápidamente sobre su libro (Chastelard, de Swinburne, recién publicado) como si no la hubiera visto. Ella echó un vistazo a la mesa de despacho amontonada de libros, abrió un volumen de los Contes Drôlatiques, puso una mueca ante el francés arcaico y suspiró: «¡Qué cosas tan cultas lees!».

—¿Y bien? —preguntó, mientras ella revoloteaba ante él en plan Casandra.

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