Ella dijo que no le extrañaba, pero comentó que, al fin y al cabo, uno siempre podía llevar una manta de más, y que toda forma de viaje tenía sus penalidades; a lo que él respondió bruscamente que creía que todas ellas carecían de importancia en comparación con la bendición de marcharse.
Ella cambió de color, y él añadió, con la voz de repente más aguda: «Pienso viajar mucho yo mismo dentro de poco».
Un temblor cruzó su rostro, y, inclinándose hacia Reggie Chivers, exclamó: «Oye, Reggie, ¿qué te parece un viaje alrededor del mundo: ahora, el mes que viene, digo yo? Yo me apunto si tú te—»
a lo que la señora de Reggie intervino con vocecita diciendo que ni pensaba dejar ir a Reggie hasta después del Baile Martha Washington que estaba organizando para el Asilo de Ciegos en la semana de Pascua; y su esposo observó plácidamente que para entonces él tendría que estar entrenándose para el partido internacional de polo.
Pero el señor Selfridge Merry había pillado la frase «alrededor del mundo» y, habiendo dado una vez la vuelta al globo en su yate de vapor, aprovechó la oportunidad para lanzar mesa abajo varios datos llamativos sobre la poca profundidad de los puertos mediterráneos.
Aunque, después de todo —añadió—, eso no importaba; porque una vez que habías visto Atenas, Esmirna y Constantinopla, ¿qué más había? Y la señora Merry dijo que nunca le estaría suficientemente agradecida al doctor Bencomb por haberles hecho prometer que no irían a Nápoles a causa de las fiebres.
—Pero debes tener tres semanas para hacer India como es debido —concedió su marido, ansioso por dejar claro que no era un turista frívolo.
Y en este momento las damas subieron al salón.