“Parece que van a quedarse en Nueva York. Creo que va a dedicarse al negocio de seguros, o algo así. Están buscando una casa pequeña”.
Lo absurdo del caso estaba fuera de toda discusión, y pasaron a cenar. Durante la cena su conversación se movió en su habitual y limitado círculo; pero Archer advirtió que su esposa no hacía alusión alguna a Madame Olenska, ni a la recepción que le había dispensado la vieja Catherine. Lo agradeció, pero a la vez sintió que era vagamente ominoso.
Subieron a la biblioteca para tomar café, y Archer encendió un puro y bajó un volumen de Michelet. Por las noches le había dado por la historia desde que May había mostrado la tendencia a pedirle que leyera en voz alta cada vez que lo veía con un libro de poesía: no es que le desagradara el sonido de su propia voz, sino porque siempre podía prever los comentarios de ella sobre lo que leía.
En los días de su noviazgo ella simplemente (según comprendía ahora) se había hecho eco de lo que él le decía; pero desde que él había dejado de suministrarle opiniones, ella había empezado a aventurar las suyas propias, con resultados destructivos para el disfrute de él de las obras comentadas.
Al ver que había elegido historia, fue a buscar su costurero, acercó un sillón a la lámpara de estudiante con pantalla verde y destapó un cojín que estaba bordando para el sofá de él.
No era una costurera hábil; sus manos grandes y capaces estaban hechas para montar a caballo, remar y realizar actividades al aire libre; pero como las demás esposas bordaban cojines para sus maridos, ella no quería omitir este último eslabón de su devoción.
Ocupaba tal lugar que Archer, con solo levantar la vista, podía verla inclinada sobre su bastidor, con las mangas abullonadas y acuchilladas deslizándose hacia atrás desde sus firmes y redondos brazos, el zafiro de