y Ada Dyas eran tan magníficas como cualquier otra cosa que hubiera visto hacer a Croisette y Bressant en París, o a Madge Robertson y Kendal en Londres; en su contención, en su muda tristeza, le conmovía más que los más famosos arrebatos histriónicos.
En la noche en cuestión, la pequeña escena adquirió una intensidad adicional al recordarle —no habría sabido decir por qué— su despedida de Madame Olenska tras la conversación confidencial que habían mantenido una semana o diez días antes.
Habría sido tan difícil descubrir algún parecido entre las dos situaciones como entre el aspecto de los personajes involucrados. Newland Archer no podía pretender nada que se pareciera al apuesto romanticismo del joven actor inglés, y la señorita Dyas era una mujer alta, de cabello rojizo y complexión monumental, cuyo rostro pálido y agraciadamente feo no se parecía en nada al semblante vívido de Ellen Olenska.
Tampoco eran Archer y Madame Olenska dos amantes que se separaban en un silencio desgarrador; eran un cliente y un abogado que se separaban tras una charla que le había dado al abogado la peor impresión posible del caso de su cliente.
¿En qué residía, pues, el parecido que hacía latir el corazón del joven con una suerte de emoción retrospectiva?
Parecía hallarse en la misteriosa facultad de Madame Olenska de sugerir posibilidades trágicas y conmovedoras fuera del curso cotidiano de la experiencia. Apenas le había dirigido una palabra para producir esta impresión, pero era parte de ella, ya fuera proyección de su misterioso y estrafalario pasado o de algo intrínsecamente dramático, apasionado e inusual en su propia persona.
Archer siempre había tendido a pensar que el azar y las circunstancias desempeñaban un papel menor en la configuración de la suerte de las