Después de haberse asomado a la oscuridad durante unos minutos, le oyó decir:
«¡Newland! Cierra la ventana. Te vas a quedar helado».
Bajó la hoja de la ventana y se dio la vuelta. «¡Coger una pulmonía!», repitió; y le apeteció añadir: «Pero si ya la he cogido. Estoy muerto—llevo muerto meses y meses».
Y de pronto el juego de la palabra hizo surgir como un destello una idea alocada. ¡Y si fuera ella la que estuviera muerta! ¡Si fuera a morir —a morir pronto— y dejarlo libre!
La sensación de estar allí de pie, en aquella cálida y familiar habitación, y mirarla, y desear su muerte, era tan extraña, tan fascinante y avasalladora, que su enormidad no lo golpeó de inmediato. Simplemente sintió que el azar le había brindado una nueva posibilidad a la que su alma enferma podía aferrarse.
Sí, May podría morir —la gente moría: gente joven, gente sana como ella—: podría morir y dejarlo de repente en libertad.
Ella levantó la vista, y él vio por sus ojos cada vez más abiertos que debía de haber algo extraño en los suyos.
“¡Newland! ¿Estás enfermo?”
Él negó con la cabeza y se dirigió hacia su sillón. Ella se inclinó sobre su bastidor de costura, y al pasar él le pasó una mano por el cabello. —¡Pobre May! —dijo.
«¿Pobre? ¿Por qué pobre?» repitió con una risa tensa.
—Porque nunca podré abrir una ventana sin preocuparte a ti —replicó él, riendo también.