cosas revolucionarias que hacía. Pero al menos, si iba a romper con la tradición y a burlarse de la sociedad en sus propias narices, no hacía falta que se hubiera casado con la pobre Amy Dagonet, quien tenía derecho a esperar «algo distinto», y dinero suficiente para mantener su propio carruaje.
Nadie en el círculo de los Mingott podía comprender por qué Amy Sillerton se había sometido con tanta docilidad a las excentricidades de un marido que llenaba la casa de hombres de pelo largo y mujeres de pelo corto y que, cuando viajaba, la llevaba a explorar tumbas en Yucatán en vez de ir a París o a Italia.
Pero allí estaban, arraigados en sus costumbres y aparentemente ajenos al hecho de que eran diferentes de los demás; y cuando ofrecían una de sus sombrías fiestas anuales en el jardín, todas las familias de los Cliffs, debido al parentesco con los Sillerton-Pennilow-Dagonet, tenían que echar suertes y enviar a un representante a regañadientes.
—Es una maravilla —comentó la señora Welland— que no hayan elegido el día de la Regata de la Copa. ¿Te acuerdas, hace dos años, de que dieron una fiesta para un hombre negro el día del thé dansant de Julia Mingott? Por suerte esta clase de cosas no coinciden hoy con nada más que yo sepa, pues por supuesto algunos de nosotros tendremos que ir.
El señor Welland suspiró con nerviosismo. «“Algunos de nosotros”, querida mía… ¿más de uno? Las tres es una hora de lo más inconveniente. Tengo que estar aquí a las tres y media para tomarme las gotas: realmente no sirve de nada intentar seguir el nuevo tratamiento de Bencomb si no lo hago sistemáticamente; y si me reúno con ustedes más tarde, por supuesto que me perderé el paseo». Al pensarlo, volvió a dejar el cuchillo y el tenedor, y un rubor de ansiedad acudió a su mejilla finamente arrugada.
“No hay ninguna razón para que vayas, querida —le contestó su esposa con una alegría que se había vuelto automática—.