y tranquila del comedor de los Archer. La señora Archer levantó sus delicadas cejas con la curva particular que significaba: «El mayordomo...» y el joven, consciente a su vez del mal gusto que suponía hablar de asuntos tan íntimos en público, desvió apresuradamente la conversación hacia el relato de su visita a la anciana señora Mingott.
Después de cenar, según una costumbre inmemorial, la señora Archer y Janey arrastraron sus largas caudas de seda hasta el salón, donde, mientras los caballeros fumaban piso abajo, se sentaban junto a una lámpara Carcel de globo grabado, una frente a la otra a ambos lados de una mesa de costura de palisandro con una bolsa de seda verde debajo, y cosían los dos extremos de una tira de tapiz con flores silvestres destinada a adornar una silla «ocasional» en el salón de la joven señora Newland Archer.