Se alejó encorvado cruzando Broadway, y Archer se quedó mirándolo, meditando en sus últimas palabras.
Ned Winsett tenía esos destellos de penetración; eran lo más interesante de él, y siempre le hacían preguntarse a Archer por qué se había resignado a aceptar el fracaso con tanta impasibilidad a una edad en la que la mayoría de los hombres aún siguen luchando.
Archer sabía que Winsett tenía mujer e hijo, pero nunca los había visto. Los dos hombres siempre se encontraban en el Century, o en algún rincón frecuentado por periodistas y gente de teatro, como el restaurante al que Winsett había propuesto ir por una bock. Le había dado a entender a Archer que su esposa era una inválida; lo cual podía ser verdad en el caso de la pobre señora, o bien significar meramente que carecía de dotes sociales, o de vestido de noche, o de ambas cosas.
El propio Winsett sentía una feroz aversión por las normas sociales: Archer, que se vestía de etiqueta por la noche porque le parecía más limpio y cómodo hacerlo, y que nunca se había detenido a considerar que la limpieza y la comodidad son dos de los artículos más costosos de un presupuesto modesto, consideraba la actitud de Winsett como parte de la aburrida pose «bohemia» que siempre hacía que la gente elegante, que se cambiaba de ropa sin hablar de ello y no estaba siempre machacando con el número de criados que uno tenía, pareciera mucho más sencilla y menos afectada que los demás.
Sin embargo, Winsett siempre lo estimulaba, y cada vez que divisaba el rostro demacrado y barbudo del periodista y sus ojos melancólicos, lo sacaba de su rincón y se lo llevaba para mantener una larga charla.
Winsett no era periodista por vocación. Era un hombre de letras puro, nacido a destiempo en un mundo que no tenía necesidad de letras; pero tras publicar un tomo de breves y exquisitas apreciaciones literarias, del cual se vendieron ciento veinte ejemplares, se regalaron treinta y el resto