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nydus/The Age of InnocencePublic
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XXXIV

Sus ojos, que dieron una vuelta por la habitación —redecorada por Dallas con gravados a la manera negra ingleses, vitrinas Chippendale, piezas de porcelana azul y blanca selecta y lámparas eléctricas de suave luz tenue—, regresaron al viejo escritorio Eastlake que él nunca había querido desterrar, y a su primera fotografía de May, que todavía conservaba su lugar junto al tintero.

Allí estaba, alta, de pechos generosos y esbelta, con su muselina almidonada y su sombrero de Livorno de alas abatibles, tal como la había visto bajo los naranjos en el jardín de la Misión.

Y tal como la había visto aquel día, así había permanecido; nunca del todo a la misma altura, pero nunca muy por debajo de ella: generosa, fiel, infatigable; pero tan carente de imaginación, tan incapaz de evolucionar, que el mundo de su juventud se había hecho añicos y se había reconstruido sin que ella jamás fuera consciente del cambio.

Esta ceguera dura y resplandeciente había mantenido su horizonte inmediato Aparentemente inalterado.

Su incapacidad para reconocer el cambio hizo que sus hijos le ocultaran sus opiniones como Archer le ocultaba las suyas; había existido, desde el principio, una fingida inmutabilidad compartida, una especie de inocente hipocresía familiar en la que padre e hijos habían colaborado inconscientemente.

Y ella había muerto creyendo que el mundo era un lugar apacible, lleno de hogares afectuosos y armoniosos como el suyo, y resignada a abandonarlo porque estaba convencida de que, pasara lo que pasase, Newland seguiría inculcándole a Dallas los mismos principios y prejuicios que habían moldeado las vidas de sus padres, y que Dallas a su vez (cuando Newland la siguiera) le transmitiría el sagrado legado al pequeño Bill.

Y de Mary estaba tan segura como de sí misma.

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