estados de ánimo y nervios, y el derecho a no rendir cuentas de forma demasiado estricta; e incluso en las sociedades más puritanas, las burlas siempre iban en contra del marido.
Pero en el pequeño mundo de Archer nadie se reía de una esposa engañada, y se le profesaba cierto grado de desprecio a los hombres que continuaban con sus coqueteos después del matrimonio. En la rotación de cultivos había una temporada reconocida para la avena loca; pero no se debía sembrar más de una vez.
Archer siempre había compartido este punto de vista: en el fondo consideraba a Lefferts desdeñable.
Pero amar a Ellen Olenska no era convertirse en un hombre como Lefferts: por primera vez Archer se encontraba cara a cara con el temible argumento del caso individual. Ellen Olenska no era como ninguna otra mujer, él no era como ningún otro hombre; su situación, por lo tanto, no se parecía a la de nadie más, y no debían rendirle cuentas a ningún otro tribunal que no fuera el de su propio juicio.
Sí, pero en diez minutos más estaría subiendo los escalones de su propia puerta; y ahí estaban May, y la costumbre, y el honor, y todas las viejas decencias en las que él y su gente siempre habían creído …
En su esquina dudó, y luego siguió caminando por la Quinta Avenida.
Ante él, en la noche invernal, se erguía una gran casa sin luces. Al acercarse, pensó en cuántas veces la había visto refulgente de luces, con toldo y alfombra en la escalinata, y carruajes esperando en doble fila para acercarse al bordillo.
Fue en el invernadero, que extendía su mole de un negro apagado a lo largo de la calle lateral, donde le había robado su primer beso a May; bajo la miríada de velas del salón de baile la había visto aparecer, alta y brillante como plata, como una joven Diana.