Codal
nydus/The Age of InnocencePublic
Página 80 de 443
Table of Contents

VIII

Al mismo tiempo, su actitud era más sencilla que la de la mayoría de las damas presentes, y muchas personas (según supo más tarde por Janey) se sintieron decepcionadas de que su apariencia no fuera más «elegante»⁠—pues la elegancia era lo que Nueva York más valoraba. Se debía, tal vez, reflexionó Archer, a que su vivacidad de antes había desaparecido; a que era tan callada⁠—quieta en sus movimientos, en su voz y en los tonos de su voz baja. Nueva York se había esperada algo bastante más resonante en una joven con semejante pasado.

La cena resultó ser un asunto un tanto intimidante.

Cenar con los van der Luyden no era, en el mejor de los casos, cosa de poca monta, y cenar allí con un duque que era primo suyo rayaba en la solemnidad religiosa.

A Archer le divertía pensar que solo un viejo neoyorquino podía percibir el matiz de diferencia (para Nueva York) entre ser un duque cualquiera y ser el duque de los van der Luyden. Nueva York recibía a los nobles advenedizos con calma y hasta (excepto en el círculo de los Struthers) con cierta altivez desconfiada; pero cuando presentaban credenciales como aquellas, se los acogía con una cordialidad a la antigua que se habrían equivocado gravemente al atribuir únicamente a su posición en el Debrett.

Era precisamente por distinciones de esa índole que el joven apreciaba su viejo Nueva York, aun mientras le sonreía con ironía.

Los van der Luyden habían hecho todo lo posible por recalcar la importancia de la ocasión. Habían sacado la vajilla du Lac Sèvres y la de Jorge II de Trevenna; lo mismo hicieron con la «Lowestoft» (de la Compañía de las Indias Orientales) de los van der Luyden y la Crown Derby de los Dagonet. La señora van der Luyden parecía más que nunca un cuadro de Cabanel y la señora Archer, con las perlas diminutas y las esmeraldas de su abuela, le recordó a su hijo a una miniatura de Isabey.

80