Era imposible hacer la confesión con mayor frialdad, ni con un tono menos halagüeño para la vanidad de la persona a quien se dirigía. Archer se puso rojo hasta las sienes, pero no se atrevió a moverse ni a hablar: era como si las palabras de ella hubiesen sido una mariposa rara que el más leve movimiento pudiera espantar hacia la huida, o reunir a su alrededor una bandada si se la dejaba en paz.
“Al menos —prosiguió—, fuiste tú quien me hizo comprender que bajo la monotonía hay cosas tan finas, sensibles y delicadas que, en comparación, hasta las que más me importaban en mi otra vida parecen vulgares. No sé cómo explicarme” (frunció las cejas, turbada), “pero me parece como si nunca antes hubiera entendido a cambio de cuánta dureza, mezquindad y bajeza se pueden pagar los placeres más exquisitos”.
—¡Placeres exquisitos; ya es algo haberlos tenido! —estuvo a punto de replicar; pero la súplica en sus ojos lo hizo callar.
“Quiero —continuó— ser completamente sincera contigo, y conmigo misma. Durante mucho tiempo he esperado que llegara esta oportunidad: la de decirte cómo me has ayudado, qué has hecho de mí...”
Archer se quedó sentado mirando con el ceño fruncido. La interrumpió con una risa. —¿Y qué sacas en limpio de lo que has hecho de mí?
Ella enpalideció un poco. «¿De ti?»
“Sí: porque soy hechura tuya mucho más de lo que tú jamás fuiste de la mía. Soy el hombre que se casó con una mujer porque otra se lo ordenó”.
Su palidez se tornó en un rubor fugaz.
«Creí—prometiste—que no ibas a decir esas cosas hoy».
«¡Ah, tan de mujer! ¡Ninguna de ustedes es capaz de llevar un mal asunto hasta el final!»