estremeció al pensar que tal vez era esa actitud mental la que mantenía el aire de Nueva York tan puro. > «¿Acaso no somos más que fariseos?», se preguntó, desconcertado por el esfuerzo de reconciliar su disgusto instintivo por la vileza humana con su piedad igualmente instintiva por la flaqueza
Por primera vez comprendió cuán elementales habían sido siempre sus propios principios. Pasaba por ser un joven que no había temido a los riesgos, y sabía que su romance secreto con la pobre y tonta señora Thorley Rushworth no había sido lo bastante secreto como para no rodearlo de un aire halagüeño de aventura. Pero la señora Rushworth era «esa clase de mujer»; tonta, vana, clandestina por naturaleza, y mucho más atraída por el secreto y el peligro del asunto que por los encantos y cualidades que él poseía. Cuando comprendió este hecho casi se le partió el corazón, pero ahora le parecía el aspecto redentor del caso. El asunto, en resumen, había sido de los que la mayoría de los jóvenes de su edad solían atravesar y de los que salían con la conciencia tranquila y la inquebrantable creencia en la abismal distinción entre las mujeres a las que se amaba y respetaba y aquellas de las que se disfrutaba—y a las que se compadecía. En este punto de vista eran secundados con esmero por sus madres, tías y demás parientes mayores del sexo femenino, quienes compartían la creencia de la señora Archer de que cuando «esas cosas sucedían», el hombre obraba sin duda neciamente, pero de algún modo la mujer cometía siempre un acto criminal. Todas las ancianas damas que Archer conocía consideraban que cualquier mujer que amaba con imprudencia era necesariamente sinvergüenza y maquiavélica, y que el simple e ingenuo varón estaba indefenso en sus garras. Lo único que cabía hacer