futilidades tiránicas que unía una hora con la siguiente, y a cada miembro de la casa con todos los demás, hacía que cualquier existencia menos sistematizada y pudiente pareciera irreal y precaria. Pero ahora era la casa de los Welland, y la vida que se esperaba que él llevara en ella, lo que se había vuelto irreal e irrelevante, y la breve escena en la orilla, cuando había permanecido indeciso, a mitad de la pendiente, estaba tan cerca de él como la sangre en sus venas.
Toda la noche permaneció despierto en el gran dormitorio de cretona al lado de May, viendo la luz de la luna inclinarse sobre la alfombra y pensando en Ellen Olenska camino a casa a través de las relucientes playas tras los jamgos de Beaufort.