Cuando Archer caminó por la arenosa calle principal de San Agustín hacia la casa que le habían señalado como la del señor Welland, y vio a May Welland de pie bajo una magnolia con el sol en el cabello, se preguntó por qué había tardado tanto en venir.
Aquí estaba la verdad, aquí estaba la realidad, aquí estaba la vida que le pertenecía; ¡y él, que se creía tan desñoso de las restricciones arbitrarias, había tenido miedo de alejarse de su escritorio por lo que la gente pudiera pensar de que se robara un día libre!
Su primera exclamación fue: «Newland—¿ha pasado algo?», y a él se le ocurrió que habría sido más «femenino» que ella hubiera leído al instante en sus ojos el motivo de su visita.
Pero cuando él contestó: «Sí—descubrí que tenía que verte», sus dichosos sonrojos disiparon la frialdad de su sorpresa, y él comprendió con qué facilidad sería perdonado y cuán pronto hasta la leve desaprobación del señor Letterblair sería desvanecida con una sonrisa por una familia tolerante.
Tan temprano como era, la calle principal no era lugar más que para saludos formales, y Archer anhelaba estar a solas con May, y verter toda su ternura y su impaciencia. Todavía faltaba una hora para el tardío horario de desayunar de los Welland, y en vez de invitarlo a pasar, le propuso que fueran a caminar a un viejo naranjal a las afueras del pueblo. Acababa de dar un paseo en bote por el río, y el sol que enredaba las pequeñas olas con oro parecía haberla atrapado en sus mallas. Sobre el cálido moreno de su mejilla, su cabello revuelto brillaba como hilo de