personas, en comparación con su tendencia innata a que les sucedieran cosas. Esta tendencia la había sentido desde el principio en Madame Olenska. Aquella mujer joven, callada y casi pasiva, le pareció exactamente el tipo de persona a la que las cosas estaban destinadas a sucederle, por mucho que ella se encogiera ante ellas y se apartara de su camino para evitarlas.
El hecho emocionante era que ella había vivido en una atmósfera tan cargada de drama que su propia tendencia a provocarlo aparentemente había pasado desapercibida. Era precisamente la extraña ausencia de sorpresa en ella lo que le daba la sensación de que la habían arrancado de un auténtico torbellino: las cosas que daba por sentadas daban la medida de aquellas contra las que se había rebelado.
Archer la había dejado con la convicción de que la acusación del conde Olenski no carecía de fundamento. La misteriosa persona que figuraba en el pasado de su esposa como «el secretario» probablemente no había quedado sin recompensa por su parte en la huida de ella. Las condiciones de las que había huido eran intolerables, indecibles, increíbles: era joven, estaba asustada, estaba desesperada, ¿qué había más natural que estar agradecida a su salvador? La lástima era que su agradecimiento la ponía, a los ojos de la ley y del mundo, a la altura de su abominable marido. Archer se lo había hecho comprender, como era su deber; también le había hecho comprender que el generoso y bondadoso Nueva York, con cuya mayor indulgencia ella al parecer había contado, era precisamente el lugar donde menos podía esperar clemencia.
Tener que ponerle este hecho de manifiesto —y ser testigo de su resignada aceptación del mismo— le había resultado intolerablemente doloroso. Se sintió atraído hacia ella por oscuros sentimientos de celos y piedad, como si su error tácitamente confesado la hubiera puesto a su merced, humillándola y a la vez haciéndola entrañable. Se alegraba de que hubiera sido a él a quien le había revelado su secreto, en lugar de a la fría