iglesia), y preguntándose si, cuando sonara la última trompeta, la señora Selfridge Merry estaría allí con las mismas plumas de avestruz altísimas en la cofia, y la señora Beaufort con los mismos pendientes de diamantes y la misma sonrisa; y si ya estarían preparados para ellas asientos de proscenio adecuados en otro mundo.
Después de aquello aún hubo tiempo de repasar, uno por uno, los rostros familiares de las primeras filas; el de las mujeres afilado por la curiosidad y la emoción, el de los hombres hosco por la obligación de haberse tenido que poner la levita antes del almuerzo y luchar por la comida en el banquete de bodas.
—Qué lástima que el desayuno sea en casa de la vieja Catherine —podía imaginarse el novio que decía Reggie Chivers—. Pero me han dicho que Lovell Mingott se empeñó en que lo preparara su propio cocinero, así que debe de ser bueno si uno logra alcanzarlo.
Y podía imaginarse a Sillerton Jackson agregando con autoridad: —¿Querido amigo, no te has enterado? Se va a servir en mesitas, a la nueva usanza inglesa.
Los ojos de Archer se detuvieron un momento en el banco de la izquierda, donde su madre, que había entrado a la iglesia del brazo del señor Henry van der Luyden, estaba sentada llorando quedamente bajo su velo de Chantilly, con las manos en el manguito de armiño de su abuela.
—¡Pobre Janey! —pensó, mirando a su hermana—, ni torciendo el cuello puede ver más que a la gente de las primeras bancas; y en su mayoría son Newlands y Dagonet anticuados.
Al otro lado de la cinta blanca que separaba los asientos reservados para las familias, vio a Beaufort, alto y de rostro rojizo, examinando a las mujeres con su mirada arrogante. A su lado estaba su esposa, toda