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nydus/The Age of InnocencePublic
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IX. La condesa Olenska

generosamente», ya le había echado el ojo a una casa de nueva construcción en la calle Treinta y nueve Este. El vecindario se consideraba apartado, y la casa estaba construida con una espantosa piedra de color amarillo verdoso que los arquitectos más jóvenes empezaban a emplear como protesta contra la arenisca marrón cuyo tono uniforme revestía Nueva York como una fría salsa de chocolate; pero la fontanería era perfecta.

A Archer le habría gustado viajar, posponer la cuestión de la casa; pero, aunque los Welland aprobaban una luna de miel prolongada por Europa (tal vez incluso un invierno en Egipto), se mostraron firmes respecto a la necesidad de tener una casa lista para cuando la pareja regresara.

El joven sintió que su destino estaba sellado: por el resto de su vida subiría cada tarde entre las rejas de hierro colado de aquel escalón de entrada de color amarillo verdoso, y cruzaría un vestíbulo pompeyano para entrar en un recibidor con arrimadero de madera amarilla barnizada.

Pero más allá de eso su imaginación no podía avanzar. Sabía que el salón de arriba tenía un mirador, pero no alcanzaba a figurarse cómo se las arreglaría May con él.

Ella se resignaba alegremente al raso púrpura y las borlas amarillas del salón de los Welland, a sus falsas mesas Boulle y a sus vitrinas doradas repletas de Sajonia moderno.

No veía motivo alguno para suponer que ella iría a querer algo diferente en su propia casa; y su único consuelo era pensar que probablemente le dejaría arreglar su biblioteca como a él le placiera⁠—lo cual sería, por supuesto, con muebles «honestos» de Eastlake y las sencillas estanterías nuevas sin puertas de cristal.

La criada de pechos turgentes entró, corrió las cortinas, apartó un tizón con el pie y dijo consoladora: «Verrà⁠—verrà». Cuando se

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