Era justamente lo que el hijo mayor de Archer, el orgullo de su vida, estaba haciendo; y nadie se extrañaba ni lo reprochaba.
Hasta la tía Janey del muchacho, que seguía teniendo exactamente el mismo aspecto que en su senil juventud, había sacado las esmeraldas y perlas finas de su madre de su algodón rosa, y las había llevado con sus propias manos trémulas a la futura novia; y Fanny Beaufort, en vez de mostrarse decepcionada por no recibir un «juego» de un joyero parisino, había exclamado ante su belleza pasada de moda y declarado que, al usarlas, se sentiría como una miniatura de Isabey.
Fanny Beaufort, que había aparecido en Nueva York a los dieciocho años, tras la muerte de sus padres, se habíase ganado el corazón de la sociedad casi del mismo modo en que se lo había ganado Madame Olenska treinta años atrás; solo que, en lugar de desconfiar y temer de ella, la sociedad la aceptó con alegría y naturalidad. Era bonita, divertida y talentosa: ¿qué más quería nadie? Nadie era tan estrecho de miras como para remover en su contra los hechos medio olvidados del pasado de su padre y de su propio origen. Solo los mayores recordaban un incidente tan oscuro en la vida comercial de Nueva York como la bancarrota de Beaufort, o el hecho de que, tras la muerte de su esposa, este se había casado discretamente con la célebre Fanny Ring y había abandonado el país con su nueva mujer y una pequeña que heredaba la belleza de esta. Posteriormente se supo de él en Constantinopla, luego en Rusia; y una docena de años más tarde, unos viajeros estadounidenses fueron generosamente agasajados por él en Buenos Aires, donde representaba a una gran agencia de seguros. Él y su esposa murieron allí envueltos en el aura de la prosperidad; y un día su hija huérfana había aparecido en Nueva York al cuidado de la