a las uniones de la lona superaba incluso el valor de la vieja Catalina, aunque por un momento había sopesado la posibilidad. —¡Vaya, podrían tomarle una foto a mi hija y sacarla en los periódicos! —exclamó la señora Welland cuando se le insinuó el último plan de su madre; y ante esta indecencia impensable el clan retrocedió con un estremecimiento colectivo. La antepasada había tenido que ceder; pero su concesión se obtuvo únicamente a cambio de la promesa de que el banquete de bodas se celebraría bajo su techo, aunque (como decía el círculo de Washington Square) estando la casa de los Welland a poca distancia, resultaba duro tener que negociar una tarifa especial con Brown para que los llevara al quinto pino.
Aunque todas estas operaciones habían sido ampliamente difundidas por los Jackson, una minoría aficionada seguía aferrada a la creencia de que la vieja Catherine aparecería en la iglesia, y se notó un claro descenso de la temperatura cuando se descubrió que había sido sustituida por su nuera.
La señora Lovell Mingott tenía el subido color y la mirada vidriosa que el esfuerzo de enfundarse en un vestido nuevo provocaba en las damas de su edad y costumbres; pero una vez disipado el descontento causado por la incomparecencia de su suegra, se convenía en que su diseño negro de Chantilly sobre satén lila, con un sombrero de violetas de Parma, constituía el más afortunado contraste con el azul y ciruela de la señora Welland.
Muy distinta fue la impresión producida por la demacrada y remilgada dama que iba del brazo del señor Mingott, envuelta en un salvaje desaliño de rayas, flecos y bufandas flotantes; y al deslizarse esta última aparición ante su vista, el corazón de Archer se encogió y dejó de latir.
Él había dado por sentado que la marquesa Manson seguía en Washington, a donde había marchado unas cuatro semanas antes con su