En conjunto, se alegraba de que ella le hubiera resuelto el asunto al negarse a tomar en serio su deseo de invitar a M. Rivière. Otra charla después de cenar habría hecho difícil evitar la cuestión de Nueva York; y cuanto más lo pensaba Archer, menos era capaz de encajar a M. Rivière en cualquier imagen concebible de la Nueva York que él conocía.
Comprendió con un destello de escalofriante lucidez que en el futuro muchos problemas se le resolverían de ese modo negativo; pero mientras pagaba el hansom y seguía la larga cola del vestido de su esposa al entrar en la casa, se refugió en el tranquilizador tópico de que los primeros seis meses eran siempre los más difíciles en el matrimonio.
«Después de eso supongo que habremos terminado más o menos de limarnos las asperezas», reflexionó; pero lo peor de todo era que la presión de May ya estaba recayendo sobre las mismas asperezas cuya agudeza él más deseaba conservar.