—¿Subimos a reunirnos con mi madre? —sugirió secamente, en cuanto el último cono de ceniza del señor Jackson cayó en el cenicero de latón que tenía al lado.
En el camino de vuelta a casa, May permaneció extrañamente callada; a través de la oscuridad, él aún la sentía envuelta en su amenazador rubor. Qué significaba esa amenaza no alcanzaba a adivinarlo; pero se sentía suficientemente advertido por el hecho de que el nombre de Madame Olenska lo hubiera evocado.
Subieron las escaleras, y él se desvió hacia la biblioteca. Ella solía seguirlo; pero él la oyó pasar por el pasillo hacia su dormitorio.
—¡May! —exclamó con impaciencia; y ella regresó, con una leve mirada de sorpresa ante su tono.
“Esta lámpara vuelve a hacer humo; ya podrían fijarse los sirvientes en mantener la mecha bien cortada”, se quejó con nerviosismo.
“Lo siento muchísimo; no volverá a ocurrir”, respondió ella, con el tono firme y alegre que había aprendido de su madre; y a Archer le exasperó sentir que ya empezaba a consentirle como a un señor Welland más joven.
Se inclinó para bajar la mecha y, al proyectarse la luz sobre sus blancos hombros y las nítidas curvas de su rostro, él pensó: “¡Qué joven es! ¡Durante cuántos años interminables tendrá que seguir esta vida!”.
Sintió, con una especie de horror, su propia y vigorosa juventud y la sangre bullendo en sus venas.
—Mira —dijo de pronto—, es posible que tenga que ir a Washington por unos días—pronto; la semana que viene tal vez.