Almorzaron despacio y meditabundamente, con mudos intervalos entre las ráfagas de conversación; pues, una vez roto el hechizo, tenían mucho que decir y, sin embargo, había momentos en que el hablar se convertía en el mero acompañamiento de largos dúos de silencio.
Archer apartó la conversación de sus propios asuntos, no con intención consciente sino porque no quería perderse ni una sola palabra de la historia de ella; y apoyada en la mesa, con la barbilla reposando en sus manos entrelazadas, ella le habló del año y medio transcurrido desde que se habían visto.
Se había cansado de lo que la gente llamaba «la alta sociedad»; Nueva York era amable, era casi agobiantemente hospitalaria; nunca olvidaría la forma en que le había dado la bienvenida a su regreso; pero tras el encanto inicial de la novedad se había descubierto a sí misma, según sus propias palabras, demasiado «diferente» para interesarse por las cosas que a aquella le importaban, y por eso había decidido probar suerte en Washington, donde se suponía que uno encontraba mayor variedad de gentes y de opiniones. Y, en conjunto, probablemente se instalaría en Washington y crearía allí un hogar para la pobre Medora, que había agotado la paciencia de todos sus demás parientes justo en el momento en que más necesitaba que la cuidaran y la protegieran de peligros matrimoniales.
“Pero el doctor Carver… ¿no le teme usted al doctor Carver? Oigo que se ha estado hospedando con usted en lo de los Blenker”.
Ella sonrió. «Oh, el peligro de Carver ha terminado. El doctor Carver es un hombre muy inteligente. Quiere una esposa rica para financiar sus planes, y Medora es simplemente un buen anuncio como conversa».