Codal
nydus/The Age of InnocencePublic
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XXXIV

tarde, y uno a uno los cuadros estallaban ante él con su esplendor semiolvidado, llenando su alma con los largos ecos de la belleza. Después de todo, su vida había estado demasiado hambrienta.⁠ ⁠…

De pronto, ante un fulgurante Tiziano, se descubrió diciendo: «Pero solo tengo cincuenta y siete...» y entonces se apartó. Para tales sueños de verano era demasiado tarde; pero desde luego no para una cosecha serena de amistad, de camaradería, en la bendita quietud de su cercanía.

Regresó al hotel, donde él y Dallas debían encontrarse; y juntos volvieron a cruzar la Plaza de la Concordia y el puente que lleva a la Cámara de Diputados.

Dallas, ajeno a lo que pasaba por la mente de su padre, hablaba con entusiasmo y a borbotones de Versalles. Solo lo había visto de pasada una vez, durante un viaje de vacaciones en el que había intentado abarcar todos los monumentos de los que se había visto privado cuando tuvo que ir con la familia a Suiza; y el entusiasmo tumultuoso y las críticas infalibles se atropellaban en sus labios.

Mientras Archer escuchaba, su sensación de ineptitud y falta de expresión aumentó. Sabía que el muchacho no era insensible; pero tenía la facilidad y la seguridad en sí mismo que nacen de mirar al destino no como a un amo, sino como a un igual.

«Eso es: se sienten iguales a las cosas; se desenvuelven con soltura», reflexionaba, pensando en su hijo como el portavoz de la nueva generación que se había llevado por delante todos los viejos hitos y, con ellos, los mojones y las señales de peligro.

De pronto, Dallas se detuvo en seco y agarró del brazo a su padre. «Vaya, por Júpiter», exclamó.

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