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nydus/The Age of InnocencePublic
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XX

Su propia inclinación (después de un mes con las modistas de París) era el montañismo en julio y la natación en agosto. Este plan lo cumplieron puntualmente, pasando julio en Interlaken y Grindelwald, y agosto en un pequeño lugar llamado Etretat, en la costa normanda, que alguien les había recomendado como pintoresco y tranquilo. Una o dos veces, en las montañas, Archer había señalado hacia el sur y dicho: «Allí está Italia»; y May, con los pies en un lecho de gencianas, había sonreído alegremente y respondido: «Sería encantador ir allí el próximo invierno, a menos que uno tuviera que estar en Nueva York».

Pero en realidad viajar le interesaba aún menos de lo que él había esperado. Ella lo consideraba (una vez que le encargaron la ropa) meramente como una oportunidad ampliada para caminar, montar a caballo, nadar y probar suerte en el fascinante juego nuevo del lawn tennis; y cuando por fin regresaron a Londres (donde iban a pasar quince días mientras él se encargaba la ropa) ya no ocultaba el entusiasmo con el que esperaba el momento de zarpar.

En Londres nada le interesaba salvo los teatros y las tiendas; y encontraba los teatros menos estimulantes que los cafés chantants de París donde, bajo los castaños de Indias en flor de los Campos Elíseos, había tenido la novedosa experiencia de contemplar desde la terraza del restaurante a un público de cocottes, y de escuchar a su marido interpretarle las canciones en la medida que este consideraba adecuada para unos oídos recién casados.

Archer había vuelto a todas sus viejas ideas heredadas sobre el matrimonio. Era menos problemático conformarse con la tradición y tratar a May exactamente como todos sus amigos trataban a sus esposas que intentar poner en práctica las teorías con las que su desenfrenado periodo de soltería había coqueteado. De nada servía intentar emancipar a una esposa que no tenía la remota idea de que no era libre; y hacía tiempo que había descubierto que el

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