Parecía imposible, pensó Archer, que pudiera pasar mucho tiempo sin uno, tan variados eran sus intereses y tan numerosos sus dones. Era un hombre de unos treinta años, de rostro delgado y feo (May sin duda lo habría tildado de ordinario) al que el juego de sus ideas confería una intensa expresividad; pero no había nada frívolo ni trivial en su animación.
Su padre, que había muerto joven, había ocupado un pequeño puesto diplomático, y se había planeado que el hijo siguiera la misma carrera; pero un insaciable amor por las letras había arrojado al joven al periodismo, luego a la literatura (al parecer sin éxito) y por fin —tras otros experimentos y vicisitudes de los que eximió a su oyente— a dar clases particulares a jóvenes ingleses en Suiza. Antes de eso, sin embargo, había vivido mucho en París, había frecuentado el grenier de los Goncourt, Maupassant le había aconsejado que no intentara escribir (¡incluso eso le parecía a Archer un honor deslumbrante!) y a menudo había hablado con Mérimée en casa de su madre. Era evidente que siempre había sido desesperadamente pobre y agobiado (teniendo a una madre y a una hermana soltera a quienes mantener), y se notaba que sus ambiciones literarias habían fracasado. Su situación, de hecho, no parecía, materialmente hablando, más brillante que la de Ned Winsett; pero había vivido en un mundo en el que, como él decía, nadie que amara las ideas necesitaba pasar hambre mental. Como era precisamente de ese amor de lo que el pobre Winsett se estaba muriendo de hambre, Archer contemplaba con una especie de envidia vicaria a este joven ávido y sin blanca que se había nutrido tan ricamente en su pobreza.
“Ya ve usted, Monsieur, que vale la pena de todo, ¿verdad?, conservar la libertad intelectual, no esclavizar las facultades de apreciación, la independencia crítica. Fue por eso que abandoné el periodismo y me volqué en un trabajo mucho más aburrido: la enseñanza privada y la secretaría. Hay mucha rutina, desde luego; pero uno preserva su libertad moral, lo que en francés llamamos el quant à soi. Y cuando uno oye una buena