La señora Henry van der Luyden escuchó en silencio el relato de su prima, la señora Archer.
De nada servía decirse de antemano que la señora van der Luyden siempre guardaba silencio y que, aunque evasiva por naturaleza y educación, era muy amable con la gente que de verdad le gustaba.
Ni siquiera la experiencia personal de estos hechos servía siempre de protección contra el frío que a uno le descendía en la sala de techos altos y paredes blancas de la Avenida Madison, con los sillones de brocado pálido descubiertos a todas luces para la ocasión, y la gasa que aún velaba los ornamentos de bronce dorado de la chimenea y el hermoso marco antiguo tallado de la Lady Angelica du Lac de Gainsborough.
El retrato de la señora van der Luyden pintado por Huntington (en terciopelo negro y encaje de Venecia) quedaba frente al de su hermosa antepasada. Por lo general, se consideraba «tan bueno como uno de Cabanel», y, aunque habían pasado veinte años desde su ejecución, seguía siendo «un retrato perfecto». En efecto, la señora van der Luyden que estaba sentada bajo él escuchando a la señora Archer bien podría haber sido la hermana gemela de la mujer rubia y todavía algo joven que se inclinaba sobre un sillón dorado ante una cortina de reps verde. La señora van der Luyden aún vestía terciopelo negro y encaje de Venecia cuando salía a la sociedad, o más bien (dado que nunca iba a cenar fuera) cuando abría las puertas de su propia casa para recibirla. Su cabello rubio, que se había descolorido sin volverse gris, seguía dividido en puntas planas y superpuestas sobre su frente, y la nariz recta que separaba sus