Una vez más en el barco, y en presencia de otros, Archer sintió una tranquilidad de espíritu que tanto lo sorprendió como lo sostuvo.
El día, según cualquier valoración corriente, había sido un fracaso bastante ridículo; no había llegado ni a rozar con los labios la mano de Madame Olenska, ni a arrancarle una sola palabra que prometiera futuras ocasiones.
Sin embargo, para un hombre enfermo de amor insatisfecho, y que se separaba por un período indefinido del objeto de su pasión, se sentía casi humillante y consoladoramente tranquilo.
Había sido el perfecto equilibrio que ella había mantenido entre la lealtad hacia los demás y la honestidad hacia ellos mismos lo que tanto lo había conmovido y, al mismo tiempo, tranquilizado; un equilibrio no calculado con astucia, como lo demostraban sus lágrimas y sus vacilaciones, sino surgido de forma natural de su desinhibida sinceridad.
Le llenó de un tierno asombro, ahora que el peligro había pasado, y le hizo agradecer a los hados que ninguna vanidad personal, ninguna sensación de estar representando un papel ante testigos sofisticados, lo hubiera tentado a tentarla.
Aun después de haberse apretado las manos en señal de despedida en la estación de Fall River, y de haberse alejado solo, persistía en él la convicción de haber salvado de su encuentro mucho más de lo que había sacrificado.
Regresó al club y fue a sentarse solo a la biblioteca desierta, dándole y dándole vueltas en la mente a cada segundo aislado de las horas que habían pasado juntos. Le resultaba evidente, y se volvía más evidente aún