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nydus/The Age of InnocencePublic
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XIX

El día era fresco, con un animado viento primaveral lleno de polvo. Todas las ancianas de ambas familias habían sacado sus zibelinas descoloridas y sus armiños amarillentos, y el olor a alcanfor de los bancos delanteros ahogaba casi el tenue aroma a primavera de los lirios que colmaban el altar.

Newland Archer, a una seña del sacristán, había salido de la sacristía y se había colocado con su padrino en el escalón del presbiterio de la iglesia de la Trinidad.

La señal significaba que el carruaje de caballos que llevaba a la novia y a su padre estaba a la vista; pero con seguridad habría un intervalo considerable de arreglos y consultas en el vestíbulo, donde las damas de honor ya revoloteaban como un ramillete de flores de Pascua.

Durante este lapso inevitable de tiempo, se esperaba que el novio, como prueba de su impaciencia, se expusiera solo a la mirada de la concurrencia reunida; y Archer había cumplido con esta formalidad con tanta resignación como con todas las demás que hacían de una boda neoyorquina del siglo XIX un rito que parecía pertenecer a los albores de la historia.

Todo era igualmente fácil —o igualmente doloroso, según se mire— en el camino que se habíA comprometido a transitar, y él había obedecido las atolondradas consignas de su padrino con tanta devoción como otros novios habían obedecido las suyas, en los días en que él los había guiado por el mismo laberinto.

Hasta el momento estaba razonablemente seguro de haber cumplido con todas sus obligaciones. Los ocho ramos de lila blanca y lirios de los valles

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