Unas dos semanas después, Newland Archer, sentado en abstracción ociosa en su despacho privado del bufete de abogados Letterblair, Lamson y Low, fue mandado llamar por el jefe de la firma.
El viejo señor Letterblair, asesor jurídico oficial de tres generaciones de la aristocracia neoyorquina, reinaba entronizado tras su mesa deoba con evidente perplejidad.
Mientras se alisaba las patillas blancas y cortas al rape y se pasaba la mano por los alborotados bucles grises sobre sus pobladas cejas, su irreverente socio junior pensaba en lo mucho que se parecía al Médico de la Familia, molesto con un paciente cuyos síntomas se niegan a ser clasificados.
“Mi querido caballero —siempre se dirigía a Archer como «caballero»—, lo he mandado llamar para tratar un pequeño asunto; un asunto del cual, por el momento, prefiero no hablar ni con el señor Skipworth ni con el señor Redwood”.
Los caballeros de los que hablaba eran los otros socios principales de la firma; pues, como ocurría siempre en los bufetes de larga tradición en Nueva York, todos los socios cuyos nombres figuraban en el membrete del despacho llevaban ya mucho tiempo muertos; y el señor Letterblair, por ejemplo, era, profesionalmente hablando, su propio nieto.
Se recostó en su silla con el entrecejo fruncido.
“Por motivos familiares—” continuó.
Archer levantó la vista.
“La familia Mingott”, dijo el señor Letterblair con una sonrisa y una inclinación explicativas. “La señora Manson Mingott me mandó llamar