«Ven tarde mañana: debo explicarte. Ellen». Estas fueron las únicas palabras que
El joven, que estaba cenando fuera, se metió la nota en el bolsillo, sonriendo un poco ante el toque francés del «para usted».
Después de cenar fue al teatro; y no fue hasta su regreso a casa, pasada la medianoche, cuando volvió a sacar la misiva de Madame Olenska y la leyó lentamente varias veces.
Había varias formas de responderla, y dedicó considerable atención a cada una de ellas durante las vigilias de una noche agitada.
Aquella por la que, al llegar la mañana, se decidió finalmente fue meter algo de ropa en un baúl y subirse a bordo de un barco que salía esa misma tarde hacia San Agustín.