y el dinero, y la tribu de los Archer-Newland-van-der-Luyden, que se entregaban a los viajes, la horticultura y la mejor literatura, y despreciaban las formas más groseras de placer.
Después de todo, no se podía tener todo. Si uno cenaba con los Lovell Mingott, le tocaban pato silvestre, galápago y vinos añejos; en casa de Adeline Archer se podía hablar de los paisajes alpinos y de El fauno de mármol; y, por fortuna, el madeira de los Archer había dado la vuelta al Cabo. Por consiguiente, cuando llegaba una amable invitación de la señora Archer, el señor Jackson, que era un verdadero ecléctico, solía decirle a su hermana: «He estado un poco gotoso desde mi última cena en casa de los Lovell Mingott; me sentará bien hacer régimen en la de Adeline».
La señora Archer, que desde hace mucho tiempo era viuda, vivía con su hijo y su hija en la calle Veintiocho Oeste. Un piso alto estaba consagrado a Newland, y las dos mujeres