Place Vendôme. Una de las cosas que había estipulado —casi la única— cuando aceptó viajar al extranjero con Dallas, fue que, en París, no lo obligaran a ir a uno de esos «palacios» modernos.
—Oh, está bien—por supuesto—, accedió Dallas de buena gana—. Te llevaré a algún sitio alegre y pintoresco de los de antes—el Bristol, digamos—, dejando a su padre mudo al oír que la que fuera durante un siglo morada de reyes y emperadores era mencionada ahora como una posada anticuada, a la que uno iba por sus pintorescas incomodidades y su persistente sabor local.
Archer se había figurado con bastante frecuencia, en los primeros años de impaciencia, la escena de su regreso a París; luego la visión personal se había desvanecido, y simplemente había intentado ver la ciudad como el escenario de la vida de Madame Olenska.
Sentado a solas por la noche en su biblioteca, después de que la casa se hubiera ido a la cama, había evocado el estallido radiante de la primavera a lo largo de las avenidas de castaños de Indias, las flores y las estatuas en los jardines públicos, el ráfago de lilas procedente de los carros de flores, el caudaloso discurrir del río bajo los grandes puentes, y la vida de arte, estudio y placer que llenaba a reventar cada poderosa arteria.
Ahora el espectáculo se desplegaba ante él en todo su esplendor, y al contemplarlo se sintió tímido, anticuado, inadecuado: una mera mota gris de hombre en comparación con el despiadado y magnífico sujeto que había soñado ser. …
La mano de Dallas cayó alegremente sobre su hombro. —¿Qué tal, padre? Esto sí que está bien, ¿eh?
Se quedaron un momento mirando hacia fuera en silencio, y luego el joven continuó: —A propósito, tengo un recado para ti: la condesa Olenska nos espera a los dos a las cinco y media.