cuenta de los patos silvestres de May como a una banda de mudos conspiradores, y a sí mismo y a la pálida mujer a su derecha como el centro de su conspiración. Y entonces comprendió, en un vasto destello compuesto de muchos fulgores fragmentados, que para todos ellos él y Madame Olenska eran amantes, amantes en el sentido extremo propio de los vocabularios «extranjeros». Adivinó que había sido, durante meses, el centro de innumerables ojos que observaban en silencio y oídos que escuchaban con paciencia; comprendió que, por medios aún desconocidos para él, se había logrado la separación entre él y la compañera de su culpa, y que ahora toda la tribu se había unido en torno a su esposa bajo la tácita presunción de que nadie sabía nada, ni jamás había imaginado nada, y de que el motivo de la reunión era simplemente el deseo natural de May Archer de despedirse afectuosamente de su amiga y prima.
Era la vieja manera neoyorquina de tomarse la vida «sin efusión de sangre»: la manera de la gente que temía más al escándalo que a la enfermedad, que anteponía el decoro al valor y que consideraba que nada era de peor educación que las «escenas», salvo la conducta de quienes las provocaban.
Mientras estos pensamientos se sucedían en su mente, Archer se sintió como un prisionero en el centro de un campamento armado. Miró alrededor de la mesa y adivinó la implacabilidad de sus captores por el tono con el que, mientras comían los espárragos de Florida, trataban a Beaufort y a su mujer. > «Es para demostrarme —pensó— lo que me pasaría a