—Sí —asintió distraídamente.
Se levantó y se paseó por la habitación. Archer, que seguía sentado, observó los ligeros movimientos de su figura, tan aniñada aun bajo sus pesados abrigos de piel, la hábilmente colocada ala de garza en su gorro de piel y la forma en que un rizo oscuro reposaba como un zarcillo de vid aplastado en cada mejilla por encima de la oreja. Su mente, como siempre que se encontraban por primera vez, estaba por completo absorta en los deliciosos detalles que hacían de ella ella misma y de ninguna otra. Al poco rato se levantó y se acercó a la vitrina ante la cual ella estaba de pie. Sus estantes de cristal estaban abarrotados de pequeños objetos rotos —utensilios domésticos apenas reconocibles, adornos y chucherías personales— hechos de vidrio, arcilla, bronce descolorido y otras sustancias difuminadas por el tiempo.
—Me parece cruel —dijo— que al cabo del tiempo nada