falsa. Es superior a la resistencia humana, eso es
—¡Oh, no diga eso; cuando lo estoy soportando! —prorrumpió ella, con los ojos llenos de lágrimas.
Sus brazos habían caído a lo largo de la mesa, y estaba sentada con el rostro entregado a su mirada como en el desenfreno de un peligro desesperado. Su rostro la dejaba tan al descubierto como si hubiera sido toda su persona, con el alma detrás: Archer se quedó mudo, abrumado por lo que aquello de repente le revelaba.
“¿Tú también... oh, todo este tiempo, tú también?”
Por respuesta, dejó que las lágrimas de sus párpados desbordaran y rodaran lentamente hacia abajo.
La mitad de la anchura de la habitación se extendía todavía entre ellos, y ninguno hizo amago de moverse.
Archer era consciente de una curiosa indiferencia hacia su presencia física: apenas se habría percatado de ella si una de las manos que ella había arrojado sobre la mesa no hubiera atraído su mirada como en aquella ocasión en que, en la casita de la calle Veintitrés, había mantenido los ojos fijos en ella para no mirarla a la cara.
Ahora su imaginación giraba en torno a la mano como en torno al borde de un vórtice; pero seguía sin hacer ningún esfuerzo por acercarse.
Había conocido el amor que se alimenta de caricias y las alimenta; pero esta pasión, más íntima que sus propios huesos, no iba a quedar superficialmente satisfecha.
Su único terror era hacer algo que pudiera borrar el sonido y la impresión de sus palabras; su único pensamiento, que jamás volvería a sentirse completamente solo.