Habían salido a la gran explanada arbolada frente a los Inválidos. La cúpula de Mansart flotaba etérea sobre los árboles en brote y la larga fachada gris del edificio: absorbiendo en su interior todos los rayos de la luz vespertina, pendía allí como el símbolo visible de la gloria de la raza.
Archer sabía que Madame Olenska vivía en una plaza cercana a una de las avenidas que irradiaban desde Los Inválidos; y se había imaginado el barrio como algo tranquilo y casi oscuro, olvidando el esplendor central que lo iluminaba.
Ahora, por algún extraño proceso de asociación, aquella luz dorada se convertía para él en la iluminación omnipresente en la que ella vivía. Durante casi treinta años, su vida —de la que él sabía tan extrañamente poco— había transcurrido en esta atmósfera rica que ya sentía demasiado densa y a la vez demasiado estimulante para sus pulmones.
Pensó en los teatros a los que ella debió de haber ido, en los cuadros que debió de haber contemplado, en las sobrias y espléndidas viejas casas que debió de haber frecuentado, en la gente con la que debió de haber hablado, en el incesante bullicio de ideas, curiosidades, imágenes y asociaciones lanzado por una raza intensamente sociable en un marco de costumbres inmemoriales; y de pronto recordó al joven francés que una vez le había dicho:
«Ah, la buena conversación... no hay nada comparable a ella, ¿verdad?».
Archer no había visto a M. Rivière, ni había oído hablar de él, en casi treinta años; y ese hecho daba la medida de su ignorancia sobre la existencia de Madame Olenska. Más de la mitad de una vida los separaba, y ella había pasado el largo intervalo entre gente que él no conocía, en una sociedad que apenas vislumbraba, en condiciones que jamás llegaría a comprender del todo. Durante ese tiempo él había estado viviendo con su recuerdo juvenil de ella; pero ella sin duda había tenido otra compañía