se acordaba considerar inexistente. Las mujeres «decentes», por muy agraviadas que estuvieran, jamás reclamarían el tipo de libertad a la que él se refería, y los hombres de espíritu generoso como él estaban por ello —en el calor de la discusión— tanto más dispuestos a concedérsela con hidalguía. Tales generosidades verbales no eran en realidad más que un disfraz embaucador de las inexorable convenciones que mantenían las cosas unidas y ataban a la gente al viejo patrón.
Pero aquí estaba él, comprometido a defender, por parte del primo de su prometida, una conducta que, por parte de su propia esposa, le justificaría a invocar sobre ella todos los truenos de la Iglesia y del Estado.
Por supuesto, el dilema era puramente hipotético; ya que no era un noble polaco sinvergüenza, era absurdo especular cuáles serían los derechos de su esposa si lo fuera.
Pero Newland Archer tenía demasiada imaginación como para no sentir que, en el caso de él y de May, el vínculo podía llegar a irritar por motivos mucho menos groseros y palpables.
¿Qué podían saber realmente el uno del otro, dado que era su deber, como hombre «decente», ocultarle su pasado, y el de ella, como muchacha casadera, no tener ningún pasado que ocultar?
¿Y si, por alguna de las razones más sutiles que influirían en ambos, llegaban a cansarse el uno del otro, a malinterpretarse o a irritarse mutuamente?
Repasó los matrimonios de sus amigos —los supuestamente felices— y no vio ninguno que respondiera, ni remotamente, a la camaradería apasionada y tierna que él imaginaba como su relación permanente con May Welland. Percibía que tal imagen presuponía, por parte de ella, la experiencia, la versatilidad, la libertad de juicio que a ella se le había educado cuidadosamente para que no poseyera; y con un