—Uno nunca es demasiado precavido, sobre todo hacia la primavera —dijo, llenándose el plato de tortitas de sartén color paja y bañándolas en almíbar dorado—. Si a tu edad yo hubiera sido igual de prudente, May estaría bailando ahora en las Asambleas, en lugar de pasar los inviernos en un páramo con una vieja inválida.
—Oh, pero si me encanta este lugar, papá; bien sabes que sí. Si tan solo Newland pudiera quedarse, me gustaría mil veces más que Nueva York.
—Newland debe quedarse hasta que se le haya quitado del todo el resfriado —dijo la señora Welland con indulgencia; y el joven se rio, y dijo que suponía que existía algo llamado la propia profesión.
Consiguió, sin embargo, tras un intercambio de telegramas con el bufete, que su resfriado durara una semana; y arrojaba una luz irónica sobre la situación saber que la indulgencia de Mr. Letterblair se debía en parte a la satisfactoria manera en que su brillante y joven socio menor había zanjado el molesto asunto del divorcio de los Olenski.
Mr. Letterblair le había hecho saber a Mrs. Welland que Mr. Archer había «prestado un servicio inestimable» a toda la familia, y que a la anciana Mrs. Manson Mingott le había complacido particularmente; y un día en que May había salido a dar un paseo con su padre en el único carruaje que producía el lugar, Mrs. Welland aprovechó la ocasión para tocar un tema que siempre evitaba en presencia de su hija.
—Me temo que las ideas de Ellen no se parecen en nada a las nuestras. Tenía apenas dieciocho años cuando Medora Manson se la llevó de vuelta a Europa; ¿recuerdas el revuelo cuando apareció de negro en su baile de puesta de sociedad? Otra de las ocurrencias de Medora... ¡en realidad esta vez fue casi profético! Debió de ser hace al menos doce años; y desde entonces Ellen no ha vuelto a América. Con razón está completamente europeizada.