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nydus/The Age of InnocencePublic
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XXVI

“El lujo desmedido en el vestir…” empezó la señorita Jackson.

“Sillerton me llevó a la noche de estreno de la ópera, y solo puedo decirles que el vestido de Jane Merry fue el único que reconocí del año pasado; y hasta a ese le habían cambiado el panel delantero. Sin embargo, sé que lo trajo de lo de Worth hace apenas dos años, porque mi modesta siempre va a arreglarle los vestidos parisinos antes de que se los ponga”.

«Ah, Jane Merry es de los nuestros», dijo la señora Archer suspirando, como si no fuera una cosa tan envidiable serlo en una época en que las señoras empezaban a lucir ostentosamente por ahí sus vestidos de París tan pronto como salían de la Aduana, en vez de dejar que envejecieran apaciblemente bajo llave, a la manera de las contemporáneas de la señora Archer.

—Sí; ella es una de las pocas. En mi juventud —replicó la señorita Jackson—, se consideraba vulgar vestirse con las últimas modas; y Amy Sillerton siempre me ha dicho que en Boston la regla era guardar los vestidos de París durante dos años.

La vieja señora Baxter Pennilow, que lo hacía todo a lo grande, solía importar doce al año, dos de terciopelo, dos de satén, dos de seda y los otros seis de popelina y la más fina cachemira. Era un pedido permanente, y como estuvo enferma dos años antes de morir, encontraron cuarenta y ocho vestidos de Worth que nunca se habían sacado del papel de seda; y cuando las chicas se quitaron el luto, pudieron ponerse el primer lote en los conciertos de la Sinfónica sin parecer adelantadas a la moda.

—Ah, bueno, Boston es más conservador que Nueva York; pero siempre me ha parecido que es una regla prudente para una dama dejar de lado sus vestidos franceses durante una temporada —concedió la señora Archer.

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