sombrío se abatió sobre el grupo. A nadie le agradaba realmente Beaufort, y no resultaba del todo desagradable pensar lo peor de su vida privada; pero la idea de que hubiera acarreado deshonra financiera a la familia de su esposa era demasiado terrible para disfrutarla, ni siquiera para sus enemigos. El Nueva York de Archer toleraba la hipocresía en las relaciones privadas; pero en asuntos de negocios exigía una honradez límpida e impecable. Hacía mucho tiempo que ningún banquero conocido había sufrido una quiebra deshonrosa; pero todo el mundo recordaba la extinción social que recayó sobre los socios cuando había ocurrido el último suceso de esa índole. Lo mismo ocurriría con los Beaufort, a pesar de poder de él y de la popularidad de ella; ni toda la fuerza aliada de la familia Dallas salvaría a la pobre Regina si había algo de cierto en los rumores sobre las especulaciones ilegales de su marido.
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