La condesa Olenska había dicho «después de las cinco»; y a y media Newland Archer llamó al timbre de la casa de estuco descascarado, con una glicina gigante que estrangulaba su frágil balcón de hierro forjado, que ella había alquilado, muy abajo en la Veintitrés Oeste, a la nómada Medora.
Era sin duda un barrio extraño para haberse instalado. Pequeñas modistas, taxidermistas y «gente que escribía» eran sus vecinas más próximas; y más abajo, en la desaliñada calle, Archer reconoció una destartalada casa de madera, al final de un sendero pavimentado, en la que un escritor y periodista llamado Winsett, con quien solía cruzarse de vez en cuando, le había mencionado que vivía.
Winsett no invitaba a la gente a su casa; pero una vez se la había señalado a Archer durante un paseo nocturno, y este se había preguntado, con un leve escalofrío, si las letras estarían tan pobremente alojadas en otras capitales.
La propia residencia de Madame Olenska se salvaba de la misma apariencia únicamente por un poco más de pintura en los marcos de las ventanas; y mientras Archer examinaba su modesto frente, se dijo que el conde polaco debía de haberla robado de su fortuna además de sus ilusiones.
El joven había pasado un día insatisfactorio. Había almorzado con los Welland, esperando después llevarse a May a dar un paseo por el parque. Quería tenerla a solas, decirle lo encantadora que había estado la noche anterior, lo orgulloso que estaba de ella y rogarle que apresurara su boda. Pero la señora Welland le había recordado firmemente que la ronda de visitas familiares no estaba ni a la mitad y, cuando él insinuó adelantar la fecha del enlace, había levantado unas cejas reprobatorias y suspirado: