La puerta le fue abierta por una criada morena y de aspecto extranjero, de prominente busto bajo un pañuelo de vivos colores, a la que vagamente imaginó siciliana. Lo recibió con todos sus blancos dientes y, respondiendo a sus preguntas con una negación de cabeza incomprensible, lo condujo por el estrecho recibidor hasta una salita baja iluminada por el fuego. La habitación estaba vacía y ella lo dejó, durante un tiempo considerable, preguntándose si habría ido a buscar a su ama, o si no había entendido a qué iba y creía que tal vez fuera a dar cuerda al reloj, del cual advirtió que el único ejemplar visible se había detenido. Sabía que las razas meridionales se comunicaban entre sí en el lenguaje de la pantomima, y se mortificó al encontrar tan inescrutables sus encogimientos de hombros y sus sonrisas. Al fin regresó con una lámpara; y Archer, habiendo reunido mientras tanto una frase sacada de Dante y Petrarca, obtuvo por respuesta: « La signora è fuori; ma verrà subito », que él interpretó como: «Ha salido, pero enseguida la verá».
Lo que vio, entretanto, con la ayuda de la lámpara, fue el encanto marchito y tenebroso de una habitación distinta a cualquier otra que hubiera conocido. Sabía que la condesa Olenska se había llevado consigo algunas de sus pertenencias —pedazos de naufragio, los llamaba—, y estas, suponía, estaban representadas por unas mesitas esbeltas de madera oscura, un delicado y pequeño bronce griego sobre la chimenea, y un tramo de damasco rojo clavado en el papel pintado descolorido detrás de un par de cuadros de aspecto italiano en marcos antiguos.
Newland Archer se enorgullecía de su conocimiento del arte italiano. Su infancia se había empapado de Ruskin, y había leído todos los libros más recientes: a John Addington Symonds, el Euphorion de Vernon Lee, los ensayos de P. G. Hamerton y un volumen nuevo y maravilloso titulado El Renacimiento, de Walter Pater. Hablaba con soltura de Botticelli y se refería a Fray Angélico con una leve condescendencia. Pero aquellos cuadros lo desconcertaban, ya que no se parecía a nada de lo que estaba acostumbrado a mirar (y, por lo tanto, a ver) cuando viajaba por Italia; y tal