monotonía. Siempre le digo a Ellen: Cuidado con la monotonía; es la madre de todos los pecados capitales. Pero mi pobre niña está pasando por una fase de exaltación, de aborrecimiento del mundo. Supongo que sabe que ha rechazado todas las invitaciones para quedarse en Newport, ¿incluso con su abuela Mingott? ¡Me costó muchísimo persuadirla para que viniera conmigo a casa de los Blenker, si puede creerlo! La vida que lleva es mórbida, antinatural. Ah, si tan solo me hubiera escuchado cuando aún era posible... Cuando la puerta aún estaba abierta... ¿Pero no bajamos a ver este apasionante partido? Me han dicho que su May es una de las competidoras”.
Caminando hacia ellos desde la tienda, Beaufort avanzaba por el césped, alto, corpulento, demasiado ceñido en una levita de corte londinense, con una de sus propias orquídeas en el ojal.
A Archer, que no lo había visto en dos o tres meses, le llamó la atención el cambio en su aspecto. Bajo la cálida luz del verano, su rubicundez parecía pesada e hinchada y, de no ser por su andar erguido y de hombros cuadrados, habría parecido un viejo sobrealimentado y mal vestido.
Corría toda clase de rumores sobre Beaufort. En la primavera había emprendido un largo crucero por las Indias Occidentales en su nuevo yate de vapor, y se comentaba que, en varios de los puertos en los que había atracado, se había visto a una dama parecida a la señorita Fanny Ring en su compañía. Se decía que el yate de vapor, construido en el Clyde y dotado de cuartos de baño de azulejos y otros lujos nunca vistos, le había costado medio millón; y el collar de perlas que le había regalado a su esposa a su regreso era tan magnífico como suelen serlo tales ofrendas expiatorias. La fortuna de Beaufort era lo suficientemente sólida como para soportar el golpe; y, sin embargo, los inquietantes rumores persistían, no solo en la Quinta Avenida, sino también en Wall Street.