El carruaje azul oscuro de su esposa (que todavía conservaba el barniz de boda) fue a recibir a Archer al transbordador y lo condujo lujosamente hasta la terminal de Pensilvania, en Jersey City.
Era una tarde sombría y nevada, y las farolas de gas estaban encendidas en la gran estación resonante.
Mientras paseaba por el andén, esperando el exprés de Washington, recordó que había gente que pensaba que algún día habría un túnel bajo el Hudson por el cual los trenes del ferrocarril de Pensilvania entrarían directamente a Nueva York.
Pertenecían a la hermandad de los visionarios que asimismo pronosticaban la construcción de barcos que cruzarían el Atlántico en cinco días, la invención de una máquina voladora, el alumbrado por electricidad, la comunicación telefónica sin hilos y otras maravillas de Las mil y una noches.
“No me importa cuál de sus visiones se haga realidad —meditaba Archer—, siempre y cuando el túnel aún no esté construido”.
En su absurda felicidad de colegial, se imaginó el descenso de la señora Olenska del tren, el momento en que la descubriría a lo lejos, entre muchedumbres de rostros insignificantes, cómo se aferraría a su brazo mientras la guiaba hacia el carruaje, el lento acercamiento al muelle entre caballos resbaladizos, carros cargados, carreteros vociferantes, y luego la sorprendente quietud del transbordador, donde se sentarían hombro con hombro bajo la nieve, dentro del carruaje inmóvil, mientras la tierra parecía deslizarse bajo ellos, rodando hacia el otro lado del sol.
Era increíble la cantidad de cosas que tenía que decirle y en qué orden tan elocuente se estaban formando en sus labios...